La política interna de Francia durante la Guerra Fría

Por Micaela Delfino

La Guerra Fría fue un período de tensiones y confrontaciones ideológicas y políticas entre los Estados Unidos de América y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, que representaron el enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque socialista/comunista, respectivamente.

Se sitúa su inicio en 1945, durante las tensiones postguerra, y vio su fin con la caída de la Unión Soviética (inicio de la Perestroika en 1985, caída del muro de Berlín en 1989 y el coup d’État de la URSS en 1991).

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los aliados firman los acuerdos de Yalta y se reparten Alemania, lo cual se traduce en una transformación del mapa europeo, ahora –desde un análisis simplista– con tres diferentes espacios políticos: la Europa occidental (capitalista), la Europa oriental (socialista) y algunos países neutrales.

A razón de este conflicto de ideologías, surgen luchas económicas y diplomáticas, algunos conflictos bélicos como la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam e incluso llega a convertirse dicha disputa en una carrera al espacio.

La República Francesa, luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, se alinea al bloque capitalista, a Estados Unidos, porque, además de tener intereses similares a este bloque, necesitaba a los Estados Unidos para reconstruir su economía y entonces queda bajo su protección.

Francia adhiere a la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), creada en 1948, para repartir la ayuda americana otorgada a los países de Europa occidental dentro del marco del Plan Marshall, y luego a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), alianza militar formada un año después con el objetivo de poner en marcha la política estadounidense sobre el control o la contención del comunismo (Doctrina Truman).

En lo que refiere a los gobiernos del país, se declara a Charles de Gaulle como presidente del Gobierno Provisorio de la República, de mediados de 1944 hasta enero de 1946, luego de la renuncia a su cargo por estar en desacuerdo con el proyecto constitucional que proponen los ministros comunistas.

Luego de la derrota de Japón, Francia logra establecer en 1945 su autoridad sobre la mayor parte de Indochina, mientras que en Vietnam se proclama la independencia en el marco de una república democrática. El conflicto empieza con el bombardeo del puerto Haïpong a fines de 1946, y desde ahí no estará más de acuerdo el entonces presidente de Vietnam con la “Federación Indochina” que anhelaba Francia. La guerra se prolonga hasta 1954, cuando se firman los acuerdos de paz y el fin de la Indochina francesa, y la división de Vietnam en la parte norte, comunista, y la del sur, aliada con Estados Unidos, que luego desencadenará en la Guerra de Vietnam.

Cuatro años después, de Gaulle, quien regresa al poder rechazando la hegemonía estadounidense, defiende una política de “manos libres”:

  • Retira a Francia del comando militar integrado de la OTAN
  • Le otorga a la República una fuerza nuclear de disuasión
  • Inicia una política de apertura y cooperación dirigida a países comunistas y países del tercer mundo.

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Mapamundi de los dos bloques en 1959

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Podemos ver con el mapa que hay, a grandes rasgos, dos lados muy marcados, lo cual alimentaría a la hipótesis de que las naciones fueron tomando posiciones que no incurriesen en el espacio vital de la otra para evitar el surgimiento de un conflicto.

Desde de 1969, la política francesa concerniente a los dos bloques logró, en mayor medida, conservarse. La fuerza nuclear de disuasión fue mantenida y modernizada, pero luego de la caída de la Orden de Yalta en Europa del Este a fin de los años ’80 y la desaparición de la URSS en 1991, la política de independencia iniciada por de Gaulle se volvió a poner en cuestión, en particular con respecto a los aliados estadounidenses que querían de ahora en más imponerse como la única gran potencia hegemónica mundial, gendarme del mundo.

Otra de la hipótesis posibles dentro de la Guerra Fría trata sobre la esfera que va más allá del conflicto económico y diplomático, sino todo lo que tiene que ver con lo político y, en particular, con lo ideológico que llegaba al punto de ser personal. Los representantes de ambos bandos eran prácticamente los dueños de cada Estado y se veía un gran poderío político, con el objetivo de obtener el poder supremo, el poder controlar a mayor escala, en todos los sectores posibles, e ir, de ese modo, incrementando su poder.

Fue sólo después de la “desestalinización”, “sólo luego de la muerte de Stalin, y las sociedades de Europa oriental vieron una grieta en el muro del control comunista,” que “los trabajadores –e incluso prisioneros en algunos campos de Kazajstán– se arriesgaron a salir a las calles contra los regímenes.”[1]

Actualmente, la República Francesa está siendo gobernada por François Hollande, presidente del Partido Socialista, el cual, desde una declaración de 1969, se declaró como un partido de “izquierda no comunista” (gauche non-communiste). Otro presidente de la República perteneciente al Partido Socialista fue François Mitterrand, desde 1981 a 1995.

Personalmente, no pienso que haya terminado la tensión entre los dos bloques protagonistas de la Guerra Fría, incluso luego de la caída de la URSS, ya que Estados Unidos y la actual Rusia continúan siendo muy importantes dentro del juego político mundial, y si bien no encontramos como antes una bipolaridad tan marcada, ambos siguen teniendo un alto nivel de PBI, un gran número de armas nucleares, como también armamentos militares de última generación, y frente a los problemas terroristas que estamos enfrentando hoy en día, podrían llegar a ser aliados, pero considero que sólo por conveniencia y durante un corto período de tiempo.

En cuanto a Francia respecta, de emerger un nuevo conflicto, considero que el perfil de la República tendería a apoyar, una vez más, a Estados Unidos, por razones históricas y por las posibles ventajas que estaría disponible a ofrecerle con respecto a los rusos.

[1] Service, Robert. “Camaradas. Breve historia del comunismo”, página 422 y 423. Macmillan, Londres, 2007

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